Madre MARIANA
"Madre Francisca de los Ángeles -esa mi Esposa fiel-, en quien imprimí secretamente mis llagas, verdadera hija que el Serafín Llagado -Francisco de Asís-, entregará el día 4 de octubre, a las cinco de la tarde, su vida terrena para ingresar a la Eternidad. Ocho meses apenas de peregrinación y después el Cielo.
Ella no debe siquiera ver el Purgatorio, y para purificarse después de su camino, padecerá durante tres meses (del amanecer del 1 de julio hasta terminar el 30 de septiembre) tormentos indecibles en el alma, tentaciones de toda suerte y contra todas las virtudes, siendo las más dolorosas aquellas contra la fe, contra la santa pureza, porque éstas no le serán muy manifiestas, pero sí muy sensibles, en virtud de su candidez y castidad de alma. En ese período, tan aflictivo para esta amada Esposa mía, llenará su alma de grandes méritos. Porque cuando a algunas almas muy queridas de mi Corazón doy el Purgatorio en vida mortal, es para que la purificación venga acompañada de méritos, lo que no ocurre en el lugar de expiación, fuera de la vida mortal, donde las almas rescatan las faltas cometidas sin adquirir ningún merecimiento personal, a la espera, como mendigos indigentes de la caridad de los sufragios de la Iglesia Militante. Y, como habitualmente sobreviene el olvido de aquellas que sufren en la Iglesia Paciente (Purgante) allí tienes, a tu vista, esa ciudad de fuego, llanto y dolor, compuesta por ese incontable número de espíritus, de toda edad, sexo, condición y estado que estuvieron en la vida terrena, sufriendo lo que para los mortales es incomprensible. Mas, siendo ya almas confirmadas en Gracia, poseen esa paz, esa resignación, esa paciencia admirable, que glorifican a Dios, su mayor padecimiento es ese mismo amor sobrenatural de su Dios y Señor, y el deseo de contemplarlo cuanto antes en el Cielo y de permanecer siempre en su compañía". Levantando la vista, la Santa Monja española divisó esa ciudad tan poblada de espíritus afligidos por tormentos indecibles que le pedían, éste, una oración, aquel, una penitencia, y todos, con los brazos en alto, sufragios. Su corazón compasivo se dolió de esos seres sufridos y les prometió que en el poco tiempo que le quedaba de vida haría todo cuanto estuviese a su alcance para aliviarlos e introducirlos en el Cielo a cuantos pudiese. Continuó hablando el Niño Jesús: "Madre Francisca de los Ángeles no podrá estar aquí ni un instante, ni tú tampoco, porque me amaste con toda el alma durante la vida y no me relegaste a las criaturas, ni las hicisteis rivalizar conmigo. La concupiscencia de la vista, ni la concupiscencia de la carne, ni la soberbia de la vida no mancharon vuestras almas. Durante el intervalo de los ocho meses restantes, di a mi hija Francisca que se prepare con alegría para entrar, finalmente, a la Patria Celestial, terminando su destierro, dándome por esto repetidas gracias. En el tiempo de su purificación, los tres últimos meses, ayúdala con tus oraciones, penitencias, consejos; dilata aquel corazón, anima a aquella alma, ampara a aquel espíritu fuertemente probado con grandes tribulaciones. Yo daré unción a tus palabras y luz clarísima, para que conozcas sus penas interiores y veas cómo las almas justas se purifican antes de entrar en el gozo eterno, restituido hasta el último maravedí".
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