sábado

TESTIMONIO DE ANA CATALINA EMMERICH SOBRE EL ÁNGEL CUSTODIO


YO MANDARÉ UN ÁNGEL DELANTE DE TI, PARA QUE TE DEFIENDA EN EL CAMINO
( Éxodo 23: 20-22 )

 ÁNGEL DE LA GUARDA

El ángel de la guarda fue para Ana Catalina durante toda su vida un amigo fiel e inseparable; un compañero que nunca la dejaba sola, que la protegía y ayudaba en todas sus necesidades. Era como un hermano mayor, que la cuidaba y enseñaba a vivir bien y amar cada día más a Jesús. Oraba con ella le ayudaba en las tareas humildes del hogar, cuando hacía sus labores de costura, cuando 
cuidaba las vacas, y sobre todo, la protegía de los ataques del demonio. Era su amigo, su protector, su guía y consejero. 
Al hablar de su bautismo, que se realizó el mismo día de su nacimiento, ella afirma: Cuando fui bautizada estaba allí mi ángel custodio con mis santas patronas santa Ana y santa Catalina.  Cuando ella era niña el ángel custodio se le aparecía bajo la figura de un niño.Y ella era como un niño dócil y silencioso en manos de su ángel.

Cuando pasaba algún sacerdote cerca de su casa salía corriendo a su encuentro, a pedirle la bendición. Si en esos momentos estaba apacentando las vacas, las dejaba solas, encomendándolas a su ángel y salía a recibir la bendición del sacerdote.
Cuando estaba sola en el campo o en el bosque, llamaba a las aves para que cantasen con ella alabanzas al Señor. Los pajarillos le cogían confianza y se posaban en sus brazos y en sus hombros, y ella les acariciaba. Si por ventura encontraba algún nido, su corazón palpitaba de gozo y decía a los polluelos las más tiernas palabras. Era tal su delicadeza y sensibilidad que no dejaba de emocionarse al contemplar las bellezas de la creación. Los animales eran sus 
amigos con los que alababa al Señor, junto a su ángel custodio. Y eso le ocurrió, no sólo cuando era niña, sino también cuando estaba ya en el convento. Ella nos dice: Cuando trabajaba en el jardín, los pájaros venían a mí, se ponían sobre mi cabeza y sobre mis hombros y cantábamos juntos las alabanzas de Dios. Y yo veía siempre a mi lado al ángel de mi guarda.
Cuando era pequeña comenzó a levantarse por la noche para hacer 
oración. Se levantaba y oraba con su ángel dos o tres horas seguidas; a veces, hasta el amanecer. A ella le gustaba orar al aire libre y, cuando el tiempo lo permitía, iba a un campo delante de su casa donde había un montículo, creyendo que allí estaba más cerca de Dios. Oraba con los brazos extendidos y los ojos dirigidos hacia la iglesia de Koesfeld. Ella admite que no hubiera hecho 
semejantes cosas semejantes sin la inspiración de su ángel.

 GUÍA Y MAESTRO 
Su ángel era para ella su maestro y guía espiritual. Desde niña quiso amar a Dios con todo su corazón, y esto la llevaba a pedir a su ángel, en su ingenuidad, que la recogiera para morir antes de ofenderle a Él con algún pecado. Desde pequeña tenía visiones y revelaciones de Dios, mediante las cuales conocía la vida de Jesús y la de algunos santos en sus menores detalles. 
Ella se sentía en sus visiones como si fuera un niña de cinco o seis años. Y esto le ocurría durante su juventud. Un día le preguntó a su ángel a qué se debía que, en la contemplación, se sentiese como una niña, y él le respondió: Si no fueras realmente una niña, no podrías ver esto. Con ello quería decirle que, si no fuera pura de cuerpo y alma, no podría recibir esas maravillas.

Ella crecía en belleza interior bajo la guía de su ángel, que regulaba sus sentimientos, sus pensamientos, sus palabras, y mantenía su espíritu siempre fervoroso para la práctica continua de la perfecta obediencia.
 Su ángel custodio no consentía en ella la menor imperfección, castigando sus faltas con reprensiones y penitencias, muchas veces, dolorosas y siempre de mucha humillación interior. Por lo cual, se juzgaba a sí misma con suma severidad, mientras su corazón rebosaba bondad y dulzura para los demás.
Hasta los doce años, el ángel fue su único guía. Pero cuando hizo su primera comunión, la sumisión y el respeto que guardaba al ángel, lo puso en su confesor. De modo que el ángel subordinaba su dirección a la del sacerdote. 
Parecía que el ángel sólo quería intervenir como protector y guardián, mientras que la Iglesia, por medio del sacerdote, tomaba la dirección espiritual.
Cuando estaba enferma en el convento, le mandaban tomar medicamentos caros, que ella debía pagar y que sabía que no la curarían, pero el ángel, del que recibía instrucciones, nunca le dijo que rechazara los remedios. Eso entraba en el plan de Dios, porque Catalina debía expiar en la Iglesia los pecados de los que, por sus doctrinas, propósitos, etc., querían hacer daño a la Iglesia. Y ella 
tenía conciencia de que su expiación era tanto más eficaz, cuanto con más sencillez y docilidad se sometía a las prescripciones que le imponían para tomar las medicinas. Y ella no ponía resistencia ni se contrariaba.
 En realidad, toda su vida estaba regulada bajo la dirección de su ángel guardián, que la instruyó para servir a Dios y practicar las virtudes desde que era muy niña.
Dirigida por su ángel, que le daba las luces necesarias, practicaba 
ejercicios de piedad con una prudencia y constancia que asombran. Ella tenía en un rincón de la granja una pequeña imagen de la Madre de Dios con el niño Jesús, colocada sobre un tronco de madera que hacía de altar. Allí tenía todos los objetos que le regalaban sus padres y amigos, y que hacen feliz normalmente 
a los niños de su edad. Ella se los regalaba al niño Jesús, y estaba convencida de que todo lo que le daba, le agradaba al niño Jesús.

 PROTECTOR EN LOS PELIGROS 

Sobre la protección que le brindaban, ella declara: Veía siempre a mi lado a mi ángel de la guarda y, aunque el espíritu maligno quería hacerme daño, no podía hacerme mucho mal.
Un día, el demonio tomó la figura de su ángel para engañarla. Ana 
Catalina nos cuenta lo que le ocurrió: Tenía agudos dolores en las llagas y me vi precisada a gritar en voz alta, porque no podía soportarlos. Las llagas me sangraban a borbotones con gran fuerza y en forma pulsátil. De repente se me apareció el maligno, fingiéndose un ángel de luz y, acercándose, me dijo: 
"Traspasaré tus llagas y mañana estarán curadas" Ya no volverán a dolerte ni te atormentara más”. Al punto lo reconocí y le dije: "Vete, que no me hace falta". 
Tú no me has causado estas llagas y nada quiero contigo”. Entonces saltó y se arrojó como un perro debajo del armario... Volvió otra vez y me dijo: “¿Por qué quieres atormentarte de este modo?”. Mi angustia era tanta que le pedí al confesor que me bendijera y, entonces, huyó el enemigo. 
Otro día en que debía cruzar un puente muy estrecho, yo miraba con terror lo profundo de las aguas, que corrían por debajo, pero mi ángel custodio me guió felizmente a través del puente. En la orilla había una trampa armada y en torno de ella saltaba un ratoncillo. De pronto, se sintió tentado de morder el bocado que veía y quedó preso en la trampa. ¡Oh desventurado —dije yo—, por un bocado gustoso sacrificas la libertad y la vida! Mi ángel me dijo: “¿Y los 
hombres obran racionalmente, cuando por un corto placer ponen en peligro el alma y la salvación eterna?”.
Catalina le había pedido a Dios que la preservara de todo pecado y que la diese a conocer y cumplir siempre su santa voluntad. Dios escuchó su oración. 
Y para protegerla e iluminarla en su largo viaje, la hizo acompañar, paso a paso, por su ángel, a través de una vida de trabajos, combates y sufrimientos. Él le enseñó cómo afrontar los peligros, soportar los sufrimientos y luchar en los combates. También el ángel le mostraba por adelantado mediante visiones o símbolos... sus sufrimientos próximos o lejanos, a fin de que pidiera fuerzas para soportarlos. También le mostraba los acontecimientos importantes o los encuentros que iba a tener con ciertas personas… para que se comportase de acuerdo a ellos. Y recibía avisos precisos sobre la manera de comportarse. Y, si era necesario, el ángel le decía los términos en los que se debía expresar. 
Esta solicitud del ángel se extendía a todos los objetos, trabajos y asuntos de que ella debía ocuparse.
En mis ocupaciones de sacristana, me sentía a veces arrebatada de 
improviso y subía, caminaba y vagaba por los lugares más altos de la iglesia, por encima de las ventanas, los adornos y las cornisas. A lugares donde humanamente era imposible llegar, yo alcanzaba llegar, para limpiar y adornar. 
Me sentía elevada y sostenida en el aire sin espantarme por ello, porque desde niña estaba acostumbrada a que me ayudase mi ángel custodio. Muchas veces, al volver del éxtasis, me encontraba sentada sobre el armario donde guardaba los objetos de la sacristía.
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