lunes

MILAGROS DE RESURRECCIÓN


OTROS MILAGROS DE RESURRTECCIÓN




5. Ocurrió en la ciudad de Capua que, jugando un niño con otros muchos a la orilla del río Volturno, por imprudencia cayó a lo profundo de las aguas, y, siendo devorado rápidamente por la corriente impetuosa, quedó muerto y enterrado en el fango (cf. 3 Cel 44).

A los gritos de los otros niños que con él jugaban a la orilla del río, se agolpó allí una gran multitud de gente. Se pusieron todos a invocar humilde y devotamente al bienaventurado Francisco, y pedían que, mirando la fe de sus devotos padres, librase al niño del peligro de muerte; un nadador que estaba algo alejado oyó los gritos de la gente y se acercó al lugar. Después de una pesquisa, invocó la ayuda del bienaventurado Francisco, y dio con el lugar donde el fango, a modo de sepulcro, había cubierto el cadáver del niño. Al desenterrarlo y sacarlo fuera, miró con dolor al difunto. Aunque el pueblo que estaba presente veía muerto al pequeño, sin embargo, entre sollozos y gemidos, continuaba clamando: «¡San Francisco, devuelve el niño a su padre!» Y hasta los judíos que se habían acercado, conmovidos por natural piedad, decían: «¡San Francisco, devuelve el niño a su padre!»

Súbitamente, el niño, con alegría y admiración de todos, se levantó enteramente sano y pidió le llevasen a la iglesia de San Francisco para dar gracias devotamente al Santo, por cuya virtud reconocía haber sido resucitado milagrosamente.

6. En la ciudad de Sessa, en una aldea denominada Alle Colonne, al desplomarse repentinamente una casa, engulló bajo sus escombros a un joven y lo dejó muerto en el acto.

Alertados por el estruendo del derrumbe, acudieron de todas partes hombres y mujeres, que, removiendo maderos y piedras, hallaron el cadáver del joven y se lo entregaron a su desgraciada madre. Sumergida en amarguísimos sollozos, exclamaba como podía con voces lastimeras: «¡San Francisco, San Francisco, devuélveme a mi hijo!» Pero no sólo ella, sino todos los circunstantes imploraban con ardor el valimiento del bienaventurado Padre. Como no se notaba ningún movimiento ni voz en el cadáver, lo depositaron en el lecho en espera de enterrarlo al día siguiente.

Pero la madre, que tenía confianza en el Señor por los méritos de San Francisco, hizo voto de cubrir el altar de San Francisco con un mantel nuevo si le devolvía la vida a su hijo. He aquí que hacia la media noche comenzó el joven a bostezar y, entrando en calor sus miembros, se levantó vivo y sano, y prorrumpió en palabras de alabanza. Y movió también al clero, que se había reunido a alabar y a dar gracias con alegría interior a Dios y a San Francisco.

7. Un joven llamado Gerlandino, oriundo de Ragusa, se fue a las viñas en tiempo de vendimia. Cuando se colocaba en el depósito de vino debajo de la prensa para llenar odres, de improviso, a causa del movimiento de unos maderos, se desprendieron unas enormes piedras, que cayeron sobre su cabeza y se la golpearon mortalmente.

Acudió en seguida el padre en su ayuda; pero, desesperado al verlo sepultado, lo dejó como estaba. Oyendo las voces y el lúgubre clamor del padre, se presentaron rápidamente los vendimiadores, que, identificados con su gran dolor, extrajeron el cadáver del joven de entre las piedras.

El padre, postrado a los pies de Jesús, humildemente pedía que por los méritos de San Francisco, cuya fiesta se avecinaba, se dignase devolverle su único hijo. Redoblaba las súplicas, prometía obras de piedad e incluso visitar el sepulcro del Santo con su hijo, si lo resucitaba de entre los muertos. ¡Prodigioso en verdad! En seguida, el joven, cuyo cuerpo había sido del todo aplastado, fue devuelto a la vida y a una salud perfecta. Gozoso, se levantó a la vista de todos. Reprendió a los que lloraban y les aseguró que había vuelto a la vida por intercesión de San Francisco.

8. En Alemania resucitó el Santo a otro muerto. Fue un hecho que el papa Gregorio IX certificó para alegría de todos al tiempo de la traslación del cuerpo de San Francisco, mediante letras apostólicas que dirigió a todos los hermanos que se habían reunido en Asís para asistir al capítulo y a la traslación (Bula Mirificans, del 16-V-1230).

No he narrado este milagro en sus detalles, porque los desconozco, pensando que el testimonio papal sobrepuja en validez a toda otra afirmación (cf. 3 Cel 48).

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