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MALDICIONES DE PADRES.Y ABUELOS.EL EFECTO QUE PRODUCE

Escrito por Autores varios   
Domingo 25 de Septiembre 2011
TEMA DE LA SEMANA

ImageLa costumbre de maldecir se está extendiendo - La maldición no tiene la última palabra - Maldiciones de Jesús - Cristo se hizo «maldición» para librar de la «maldición» de la Ley - ¿Se vale maldecir al diablo? - El misterio de las herencias malditas - Y eso del maleficio... como que se parece

La costumbre de maldecir se está extendiendo
Hay de maldiciones a maldiciones: no es igual la que sale de la boca del justo que la que se profiere por odio

«Bendigan y no maldigan nunca» (Rm 12, 14). Eso es lo que espera Dios del hombre. Pero la verdad es que, en la vida cotidiana, suele ocurrir lo contrario. Sea por descuido, por costumbre, por arrebato o por consciente deseo de dañar, las maldiciones afloran de la boca con enorme facilidad.
Bendecir viene del latín benedicere, que significa «decir bien»; por el contrario, maldecir viene de maledicere, que es «decir (o desear) mal». En el lenguaje coloquial maldecir suele usarse como equivalente de blasfemar, insultar o calumniar. Hasta hace no mucho en México, donde la blasfemia —a diferencia de lo que ocurría en las naciones europeas— no era algo que se practicara, se entendía por «decir maldiciones» el acto de usar palabras malsonantes o altisonantes —«palabrotas»—. Sin embargo, las verdaderas maldiciones son algo mucho más profundo.
Sucedió en Colombia
Ocurrió en Santo Tomás, un municipio de Colombia. En agosto de 2001 la comunidad acababa de iniciar la novena a santo Tomás para celebrar las fiestas patronales; pero algunos habitantes tuvieron la «puntada» de preparar como parte de los festejos del pueblo nada menos que un espectáculo de strip-tease. Ante semejante pretensión, el sacerdote del lugar, el padre Marco López Gallego, lanzó estas palabras en su homilía dominical, convulsionando a los 22 mil habitantes de Santo Tomás: «Puede que esas personas progresen mucho económicamente, pero al final terminarán en la más completa ruina». De inmediato la opinión pública se polarizó entre el apoyo al párroco y la condenación a su proceder.
Pero lo que dijo el presbítero fue más que suficiente para hacer temblar a muchos, según reportó el diario El Tiempo: el alcalde, Pedro Mejía, dijo que aún no le llegaba la solicitud de los dueños del establecimiento donde se haría el strip-tease, pero que no pensaba dar el permiso; Edgardo Martínez, dueño de la discoteca donde se programaba el show, se desligó de inmediato diciendo que, aunque se le había solicitado el alquiler del recinto, en realidad aún no se concertaba nada; y entre la gente en general se escuchaban opiniones acerca de que ya el pueblo tenía muchos problemas como para que el sacerdote los maldijera.
Maldición como aviso
En realidad la maldición lanzada por el padre López no fue diferente de muchas que suelen leerse en la Biblia. El presbítero, en su intento por velar por la moral de la feligresía, fue severo, pero finalmente su acción frenó aquel espectáculo nudista. Y ésa misma era la finalidad de las maldiciones lanzadas por los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento: preservar del pecado a la comunidad.
Los libros del Pentateuco abundan en este tipo de maldiciones; en Deuteronomio 28, 15 se lee: «Pero si desoyes la voz de Yahveh tu Dios, y no cuidas de practicar todos sus mandamientos y preceptos, que Yo te prescribo hoy, te sobrevendrán y te alcanzarán todas las maldiciones siguientes». A continuación viene una enorme lista (vv. 16 al46) de desgracias que pueden ocurrir a la persona que desdeñe la Ley de Dios.

Maldición por odio
La maldición como gesto de rabia o de odio suele hacerse en un momento de arrebato; pero otras veces puede prepararse con toda conciencia. Este tipo de maldición en ningún momento busca rescatar del camino del pecado a quien se maldice, sino hacerle daño. Es, por lo mismo, absolutamente perversa. He aquí dos ejemplos claros de este modo de maldecir, salidos de la boca del presidente de Venezuela:
En octubre de 2009, cuando las autoridades de Estados Unidos sugirieron incluir a Venezuela en la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo, Hugo Chávez respondió en estos términos: «Maldito imperio, mil veces maldito, algún día terminarás y te hundirás. Te maldigo mil veces, imperio yanqui». En junio de 2010, Hugo Chávez se indignó —con razón, como el resto del mundo— porque Israel atacó un navío que transportaba ayuda humanitaria para la población palestina de la Franja de Gaza; pero su odio lo llevó a maldecir: «Aprovecho para condenar de nuevo, desde el fondo de mi alma y de mis vísceras, al Estado de Israel; maldito seas, Estado de Israel, maldito seas».
Como consecuencia
La maldición también puede ocurrir como consecuencia del pecado. No se trata aquí de castigos infligidos por Dios, sino de desenlaces lamentables, no queridos por el Señor, que se desprenden de la ejecución de una falta grave.
Ejemplo es lo que Yahveh anunció a Eva después del pecado original: «Tantas haré tus fatigas como sean tus embarazos: con dolor parirás a los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3, 16). Y a Adán: «Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá,... Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado» (Gn 3, 17-19).
En boca del justo
La maldición como queja o defensa en boca del justo es frecuente en los salmos: «¡Recaiga el mal sobre los que me acechan, destrúyelos, Yahveh, por tu fidelidad!» (Sal 54, 7). «¡Avergonzados y aterrados para siempre, queden confundidos y perezcan, para que sepan que tu nombre es Yahveh, Altísimo sobre la Tierra!» (Sal 83, 18-19). Pero si bien no es malo anhelar que Dios haga justicia —y la hará—, Jesús enseña un camino más excelso, en el que en lugar de una maldición «justa» se profiere una bendición: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 24, 34). San Esteban lo aprendió bien; mientras lo asesinaban dijo: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch 7, 60).
Diana R. García B.

De Dios depende
La maldición no tiene la última palabra

¿Basta con lanzar una maldición para que ésta se haga efectiva?
El único Señor del Universo es Dios. Nada ocurre sin que Él lo permita. No es que el Señor desee cosas malas a los hombres, sino que les ha dado la libertad de decidir, y respeta esa decisión: «Si tú quieres guardar los mandamientos, permanecer fiel es cosa tuya. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar la mano» (Eclo 15, 15-16). Pero eso no significa que Dios se quede indiferente; al contrario, « trastorna los planes del inicuo» (Sal 146, 9).
Entonces el hombre es libre de maldecir, pero el efecto que esas palabras proferidas tengan dependerá, en última instancia, de lo que Dios permita: «¿Cómo puedo maldecir yo a quien Yahveh no maldice?» (Nm 23, 8). Dios puede cambiar una maldición en una bendición: «Maldigan ellos, pero Tú bendice» (Sal 109, 28). Pero eso no significa que toda maldición proferida haya tenido poder: «El pajarillo escapa, la golondrina vuela; así, la maldición sin motivo no tiene efecto» (Prv 26, 2).
Sin embargo, por razones que no conocemos, Dios permite a veces que algunas maldiciones se cumplan. Aquí no queda otra cosa que considerar aquella verdad expresada tan magistralmente por san Agustín: «Dios no hubiera permitido la existencia del mal si no fuera tan sabio, tan bueno y tan poderoso que pudiera sacar bienes aun de los mismos males». ¿Y qué bien puede sacar de que alguien maldiga a otro y esa maldición se haga efectiva? Es un misterio, pero aun así Dios está «trabajando», sacando bienes de los lugares más insospechados, y el día del Juicio Final todo eso será mostrado y ya no habrá más duda de por qué permitió tal o cual cosa, o por qué intervino o no intervino en tal otra.
En general es difícil asegurar cuándo una persona, familia, comunidad o lugar está bajo el influjo de una maldición, o si su infortunio tiene causas naturales. Los judíos que se hallaban en el juicio a Jesús se maldijeron a sí mismos: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» (Mt 27, 25); sin embargo, no hay consenso general sobre si eso fue el motivo de la ruina de Jerusalén que ya había anunciado Cristo (cfr. Mt 24); la postura de los Padres de la Iglesia y de muchos otros santos va en el sentido de que la maldición se hizo efectiva sobre los que permanecieron judíos. El Señor ya les había reclamado la sangre de tantos inocentes, desde Abel hasta Zacarías, y les anunció: «Les aseguro que todo eso recaerá sobre esta generación» (Mt 23, 35-36).

Maldiciones de Jesús

Cuando ya estaba muy próxima su Pasión, Cristo aparece en el Evangelio maldiciendo una higuera: «Cuando volvía a la ciudad sintió hambre; y, viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella pero no encontró más que hojas —no era tiempo de higos, cfr. Mc 11, 12-14—. Entonces dijo a la higuera: ‘¡Que nunca jamás brote fruto de ti!’. Y al momento se secó la higuera» (Mt 21, 18-19).
Aunque parezca que una pueril frustración le arrancó al Señor una maldición, Jesús siempre tiene una razón valiosa en lo que hace. En este caso enseña a los discípulos a no vacilar, a pedir las cosas en la oración con una fe absoluta (cfr. Mt 21, 20-22).Al mismo tiempo enseña que sólo quien posee algún poder sobre una persona o cosa tiene derecho a maldecirla. En consecuencia, que sólo Dios puede maldecir con autoridad.
Por cierto, no es la única ocasión en que Jesucristo maldice; a los escribas y fariseos les lanzó siete maldiciones (cfr. Mt 23, 13-32) a manera de «ayes»:
1) «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos!...».
2) «¡Ay de ustedes, ... que recorren mar y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo han conseguido lo hacen dos veces más digno de la Gehena que ustedes!».
3)«¡Ay de ustedes, guías ciegos, que dicen: ‘Si se jura por el santuario, el juramento no vale...’!».
4) «¡Ay de ustedes, ...que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley...!».
5) «¡Ay de ustedes, ... que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!».
6) «¡Ay de ustedes, ...que parecen sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero por dentro llenos ... de podredumbre!».
7) «¡Ay de ustedes, ... que dicen: ‘Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas’!».

Cristo se hizo «maldición» para librar de la «maldición» de la Ley

Lo que enseña san pablo en su Carta a los Gálatas 3, 10-14
Por el Pbro. Gonzalo Ruiz Freites, IVE
Después de establecer que Cristo nos redimió, san Pablo dice de dónde nos rescató, es decir, de la maldición de la Ley.
La afirmación es verdaderamente osada. Ante todo, debemos decir que en la tradición bíblica la Ley de Moisés no había sido jamás vista como portadora de una maldición para los que le estaban sometidos. Por el contrario, Israel se considera privilegiado porque Dios se dignó darle la Ley (cfr. Dt 11, 27-28; Dt 30,16). Quien no conoce la Ley es considerado maldito. Esto se ve incluso en tiempos del Nuevo Testamento: «Esa gente que no conoce la Ley está maldita» (Jn 7, 49).
Pero san Pablo afirma de manera tajante que la Ley contiene una maldición. ¿En qué consistía? «Maldito todo el que no permanece en la práctica de todo lo que está escrito en el libro de la Ley» (Gal 3,10). La misma Ley condenaba a quien transgredía sus preceptos. Incluso la inobservancia de un solo mandato era como no cumplir la Ley entera. De aquí que el apóstol Santiago argumente en su carta diciendo que quien observa toda la Ley pero falta en un solo precepto se hace reo de todos (cfr. St 2,10).
Ahora bien, cumplir la Ley entera era imposible, según atestigua san Pedro en Hechos 15,10: «¿Por qué, pues, ahora tentáis a Dios queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?». De todo esto se sigue que quienes estaban bajo el régimen de la Ley estaban sometidos a la maldición porque no podían cumplir las obras de la Ley.
San Pablo explica que la función de la Ley era la de mostrar el pecado para encaminar las conciencias hacia la fe en Cristo: «Sabemos que cuanto dice la Ley lo dice para los que están bajo la Ley, para que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Dios, ya que nadie será justificado ante Él por las obras de la Ley, pues la Ley no da sino el conocimiento del pecado» (Rm 3,19-20). Por eso «donde no hay Ley no hay transgresión» (Rm 4,15). La Ley, despertando la conciencia del pecado, preparaba para la venida de Cristo. De aquí que san Pablo diga que la Ley fue nuestro pedagogo hacia Cristo, para que fuésemos justificados a partir de la fe (cfr. Gal 3,24).
Cristo se hizo «maldición» para salvar a los que estaban bajo la maldición de la Ley, y estos eran solamente los judíos. Jesús dijo a la samaritana que la salvación viene por los judíos (cfr. Jn 4,22). Era necesario remover la maldición de la Ley que pesaba sobre los judíos para que la justificación llegase a todas las naciones, porque no es de la Ley de lo que teníamos que ser liberados principalmente, sino del pecado, y de éste nadie está exento. En este sentido se puede decir que también los gentiles estaban bajo una maldición, pero no en virtud dela Ley sino en virtud del pecado, el cual les imposibilitaba cumplir la voluntad de Dios. Entonces también por los gentiles Cristo se hizo «maldición».
Está escrito: «Maldito todo el que cuelga de un madero» (Dt 21,23); el pasaje se refiere al reo de delito capital que, luego de ser ejecutado, ha sido colgado de un árbol. La pena citada no es exactamente la de una crucifixión, pues no era practicada por los judíos; sin embargo, el resultado es el mismo: el cuerpo muerto de un ajusticiado colgado de un madero. Ése es el modo concreto por el cual nos rescató Jesucristo, con su muerte en la Cruz. Ahora hemos recibido la justificación, pues su crucifixión fue un hacerse «maldición» por nosotros.

¿Se vale maldecir al diablo?
Responde santo Tomás de Aquino a través de su Suma Teológica:

«El diablo, por su obstinación, es el ser más malvado de todos. Sin embargo, a nadie es lícito maldecir al diablo, como tampoco maldecirse a sí mismo, pues se lee en Eclesiástico 21, 27: ‘Cuando el impío maldice al diablo, maldice a su propia alma’.
«En el diablo hay que distinguir la naturaleza y la culpa. Su naturaleza es buena, proviene de Dios y no es lícito maldecirla; en cambio, debe maldecirse su culpa... Mas cuando un pecador maldice al diablo por razón de su culpa, se estima a sí mismo por ese motivo digno de maldición».

El misterio de las herencias malditas

Llamadas comúnmente «maldiciones generacionales», tanto los que creen en ellas como los que las rechazan parten de la siguiente cita: «... Yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian» (Ex 20, 5).
Hay quienes opinan que se trata de una doctrina protestante neo-pentecostal, por tanto, de reciente invención. Sin embargo, san Agustín ya hablaba del asunto entre los siglos IV y V.
Entre los protestantes pro-maldición generacional hay algunos tan exagerados que pretenden que cualquier enfermedad ligada a una predisposición genética es maldita: diabetes, cáncer, hipertensión, artritis, sordera, etc.; y que cuando el médico indaga la historia clínica del paciente lo que intenta es descubrir maldiciones en el ADN.
Los que defienden esta postura incluyen la pobreza heredada como maldición; así, las familias generacionalmente ricas son entonces las bendecidas por Dios —doctrina protestante de la prosperidad—. También se atreven a asegurar que los desastres naturales que afectan a determinadas regiones son prueba de que el pueblo que ahí habita arrastra una maldición generacional: los huracanes no asolan la costa por su ubicación geográfica sino porque los pobladores están malditos; y si tiembla la tierra en tal ciudad no es porque esté sobre una falla geológica sino po r el pecado de sus padres.
A tan simplista visión responden los protestantes anti-maldición generacional con esta cita: «El hijo no cargará con las culpas del padre, ni el padre cargará con las culpas del hijo. Sobre el justo recaerá su justicia, y sobre el malvado, su maldad» (Ez 18, 20). Además, dicen, en Éxodo 20, 5 la palabra hebrea original paqad no debe ser traducida nunca como «castigo» sino como «visita», de manera que la cita bíblica debería decir exactamente como dice la Biblia Reina-Valera, la favorita del protestantismo de habla castellana: «... visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen».
Por el contrario, la mayoría de las traducciones que la Iglesia ha hecho de la Biblia utilizan ahí la palabra «castigo» puesto que ése es precisamente el sentido de tal «visita»: que Dios visite o entre en contacto con el pecado equivale a castigarlo.
Eso sí, ni las sectas ni la Iglesia han traducido aquel pasaje como: «maldigo la maldad de los padres en los hijos...».
Pero entonces, ¿existen o no las maldiciones generacionales? Hay cosas que definitivamente sí se heredan como consecuencias del pecado, comenzando por el de Adán y Eva: todo ser humano nace con el Pecado Original, y aun cuando se borre por el Bautismo, se conserva la heredada concupiscencia, que inclina al hombre hacia el mal. Hay pecados que arrastran nefastas consecuencias para los demás (pecado social); y el pecado personal no reparado podría traer toda una serie de consecuencias (ataduras) a la generación presente y a las futuras. Pero sería un error llamar maldición a cualquier infortunio, aunque subsista en los descendientes; su explicación suele ser de índole natural. Las verdaderas maldiciones deben entenderse como algo que se presenta de forma extraordinaria, más que nada con un origen diabólico.
D. R. G. B.

Y eso del maleficio... como que se parece

«Los casos verdaderos son un pequeñísimo porcentaje».
P. GABRIEL AMORTH

La respuesta del exorcista de la diócesis de Roma
Dice el presbítero italiano Gabriel Amorth que maldición y maleficio no son exactamente lo mismo. El maleficio «comúnmente se define como ‘perjudicar a otros por medio del demonio’. Es una definición exacta, pero no indica en qué modo dicho mal es causado». Y explica: «Basándome sólo en casos que me han ocurrido, he tomado en consideración estas formas de maleficio: la magia negra, las maldiciones, el mal de ojo y los hechizos».
Así, las maldiciones satánicas constituirían un maleficio, pero no todos los maleficios tendrían su origen en una maldición. De cualquier modo advierte que estas cuatro formas «no son sectores aislados; las interferencias son frecuentes».
Explica que las maldiciones no emplean objetos sino sólo «augurios del mal, y el origen del mal está en el demonio. Cuando son hechas con verdadera perfidia; por ejemplo, cuando hay vínculos de sangre entre el que maldice y el maldecido, los efectos pueden ser tremendos».
Y agrega respecto de los maleficios: «Hay quienes se asombran de que Dios permita estas cosas. Dios nos ha creado con libre albedrío... Podemos ayudar a nuestro prójimo o dañarlo... Puedo pagar a un killer para que mate a una persona; Dios no interviene para impedirlo. Puedo pagar a un mago, un brujo, para que haga un maleficio a alguien; tampoco en este caso Dios lo impide; sin embargo, lo hace en muchas ocasiones. Por ejemplo, quien vive en gracia de Dios, quien ora intensamente, siempre está más protegido que aquel que no es creyente o, peor aún, del que habitualmente vive en estado de pecado. Agregamos también una realidad: ... los casos verdaderos son un pequeñísimo porcentaje».
LOS CASOS AUTÉNTICOS
El padre Amorth cuenta de las maldiciones efectivas que «los casos más frecuentes y graves que he presenciado se referían a padres o abuelos que maldijeron a sus hijos o nietos. El vínculo que une a padres e hijos y la autoridad de los primeros no se igualan a los de ninguna otra persona».
«Un día vino a verme un profesional; levantándose los pantalones, me hizo observar sus piernas horriblemente martirizadas por una evidente sucesión de operaciones. Su padre había sido un hombre muy inteligente; la madre de éste quería a toda costa que se hiciera sacerdote, pero él no tenía vocación. El enfrentamiento llegó al punto de que el joven abandonó la casa. Se convirtió en un profesional, se casó y tuvo hijos, todo esto después de haber roto toda relación con su madre, porque no quiso volver a verlo. Cuando uno de sus hijos, el que me hablaba, cumplió 8 años, le sacaron una foto, que me fue mostrada; un niño guapo, con los pantalones cortos, las rodillas desnudas, los calcetines altos, como se acostumbraba entonces a vestir a los niños. El padre tuvo una idea desdichada: pensó que la madre se conmovería ante la foto de su nietecito y que haría las paces con él; así que le mandó la foto. La madre le envió un mensaje: «Que las piernas de ese niño estén siempre enfermas, y que si tú vuelves al pueblo mueras en la cama en que naciste». Todo eso se cumplió. El hombre volvió al pueblo sólo varios años después de la muerte de su madre; pero ahí de pronto se sintió indispuesto y fue llevado provisionalmente a su casa natal, donde murió esa misma noche».

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